Navarros Ilustres

Personajes ilustres en la historia de Navarra

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Domingo Garde

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Domingo Garde (n. Uztárroz, ? – † Arlabán, 9 de abril de 1812) Guerrillero de la Guerra de la Independencia.

Guerrillero roncalés en la Guerra de la Independencia, era abanderado del primer batallón de Espoz y Mina cuando el 9 de abril de 1812, en la segunda emboscada de Arlabán, fue alcanzado por tres balas después de haber dado muerte a muchos enemigos con el asta de la bandera, falleciendo a consecuencia de las heridas.

Como se desangraba, “hubo que rasgarse el lienzo de la insignia para taparle las heridas”. “De modo que -siguen relatando las Memorias de Espoz y Mina- perecieron a la vez y sin separarse bandera y abanderado, con sentimiento general de la División”.

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julio 30, 2011 at 4:22 pm

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Santiago González Tablas

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Santiago González-Tablas y García-Herreros (n. Pamplona, 9 de febrero de 1879 –  † Aman, Marruecos, 13 de mayo de 1922) Militar.

Santiago González Tablas a su  ingreso en la Academia de Toledo.

Santiago González Tablas a su ingreso en la Academia de Toledo.

Fueron su padres el Excmo. Teniente General Don Ramón González-Tablas y Doña Javiera García-Herreros y Escartín.

Ingresó en la Academia General de Toledo el  31 de agosto de 1894.

El 21 de febrero de 1896 marchó a Cuba tomando parte activa en numerosas acciones, destacando la batalla de Lomas del Rubí, donde obtiene por méritos de guerra una Cruz Roja sencilla y otra pensionada.

El 21 de febrero de 1898 es promovido a Teniente por antigüedad.

Desde septiembre de 1897 hasta mayo de 1900 cursa sus estudios en la Escuela Superior de Guerra.

Asciende a Capitán el 20 de noviembre de 1904. Perteneciendo al Regimiento de Sicilia, obtuvo el título de campeón de florete en un concurso oficial.

En 1909 marchó voluntario a Melilla, asistiendo con el Batallón de Cazadores de Madrid a la toma de la Alcazaba de Zeluán y a la acción de Beni Bu-Ifrur, figurando en la parte de este último como distinguido y siendo recompensado con una Cruz Roja sencilla, que por su solicitud de mejora se transformó en pensionada, consiguiendo otra de éstas características por su labor de protección de convoyes.

Tras un breve paréntesis en la península, el 7 de enero de 1912 volvió a Melilla y de Ayudante del Batallón de Cazadores de Tarifa, asistió a numerosos hechos de armas, distinguiéndose en todos y alcanzando por el de la ocupación de los Tumiats, la Cruz de María Cristina.

Es ascendido a Comandante por méritos de guerra el 24 de junio de 1913. Marcha a Madrid para desempeñar el cargo de ayudante de órdenes de su padre, a la sazón consejero del Consejo Supremo de Guerra y Marina. El 6 de marzo de 1914 cesa en este cargo, nombrándosele ayudante del Subsecretario del Ministerio de la Guerra.

González Tablas en Ceuta

Santiago González Tablas ostentando  el empleo de Teniente Coronel.

Santiago González Tablas ostentando el empleo de Teniente Coronel.

Por propia solicitud es destinado al Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas de Ceuta número 3, incorporándose a Ceuta el 23 de junio de 1915

Es citado como distinguido por su intervención en las Operaciones que tuvieron lugar los días 27 de mayo y 29 de junio de 1916.

En los exámenes de tercer curso superior de la Academia de Árabe de Ceuta obtiene la calificación de sobresaliente, concediéndosele el diploma de posesión completa del árabe. Obtuvo distinciones deportivas en regatas y en esquí.

Los Regulares de Ceuta, cambian en 1.917 su Acuartelamiento en esta Ciudad, pasando del Ángulo, donde siempre estuvo la Milicia Voluntaria, al nuevo Acuartelamiento de Regulares de Ceuta en Hadu.

El 13 de mayo de 1919, como comandante del Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas nº 3, tomó parte en el combate librado para ocupar y fortificar la loma de Jandak-Zira (Ceuta), posición dominante sobre el río Jemis. Debido al nutridísimo fuego del enemigo con que respondió al avance de una sección de la 3ª compañía del Tabor de Policía Indígena, estas últimas retroceden desordenadamente, transmitiendo el desorden al resto de la fuerza.

Para salvar tan crítica situación, el Comandante González-Tablas se lanzó pistola en mano hacia los que retrocedían, alentándoles con su palabra y actitud, con riesgo de su vida a hacerles volver a la línea de fuego y cambiando el desorden en entusiasmo. Lanzándose al ataque con toda la tropa a sus órdenes, desalojó al enemigo del puesto que ocupaba, haciéndole huir en desbandada y dejando en el campo nueve muertos, armas y municiones.

Asciende por antigüedad al empleo de Teniente Coronel el 4 de octubre de 1919.

Por su heroico comportamiento en el combate de Jandak-Zina, fue recompensado por R.O. de 12 de febrero de 1.920 con la Cruz de la Orden Laureada de San Fernando, siendo ese mismo año nombrado Gentilhombre de Cámara de S.M. el Rey Alfonso XIII, con servidumbre y ejercicio.

En el Museo de Regulares de Ceuta puede verse, en la vitrina dedicada al Tcol. González Tablas la llave dorada que todos los Gentilhombres de Cámara llevaban como una condecoración prendida en sus respectivos uniformes.

El 20 de junio de 1920, tomó el Mando del Grupo de Regulares de Ceuta.

Contrajo matrimonio en Ceuta en junio de 1920 con Doña Carmen Cerni y Mas, hija del que fuera Alcalde de la ciudad D. Ricardo Cerni, y tuvo dos hijas también nacidas en Ceuta: Carmen y Victoria Eugenia

En julio de 1921 marchó a Melilla con el Grupo de su Mando, teniendo una participación brillante y heroica en las Operaciones de reconquista de la Zona de Melilla.

Fue gravemente herido en la Operación de Casabona el 9 de septiembre de 1921. Sin estar completamente curado volvió a ponerse al frente de sus Regulares.

Muerte en campaña

El féretro del Tcol. González Tablas sobre  el armón de artillería que lo transportó al cementerio.

El féretro del Tcol. González Tablas sobre el armón de artillería que lo transportó al cementerio.

Las operaciones de 1922 en la Zona occidental tenían como finalidad terminar con la rebeldía, ocupando Tazarut y expulsando de ella a Raisuni.

El 12 de mayo de 1922, tres columnas operaron para lograr ese objetivo. González-Tablas con sus Regulares de Ceuta iba en la vanguardia de su columna. Unos días antes, al ocupar Selalem, había muerto Hamido Surcan, uno de los jefes rebeldes más prestigiosos de los que seguían al Raisuni. La operación fue dura, pero Tazarut fue envuelto y las fuerzas avanzadas sufrieron el intenso tiroteo de los grupos rebeldes protegidos por un terreno pedregoso y con mucho arbolado y monte bajo.

De una descarga cayeron a un tiempo González-Tablas y el Comandante Medina, cada uno con dos balazos, de vientre y mano el primero y de vientre y muslo el Comandante. Inmediatamente se les trasladó a Aman, donde tenía el Hospital el doctor Gómez Ulla  -el cirujano que tanto prestigio alcanzó en las campañas de África- pero como el camino era difícil, se tardó más de dos horas en la evacuación. Aún por el camino le seguían tiroteando. Durante la evacuación iba acompañado por el médico del Grupo que tuvo que inyectarle en varias ocasiones y el Ayudante Castro González.

A Gómez Ulla le avisaron y todo quedó preparado en espera del herido, que fue operado en cuanto llegó. Gómez Ulla le desahució tras la intervención quirúrgica. Además de las perforaciones tenía partido el bazo por cierto explosivo de la bala. Hubo de extirparle dicho órgano. Después de operado no recobró el conocimiento, deliró durante la noche nombrando a sus hijas y a la mañana del 13 de mayo murió.

Murió a la misma hora de aquel sábado 13 de mayo que se ganó el Zinat la Cruz Laureada de San Fernando.

El día 14 se le trasladó al campamento de Jemis de Beni Arós en un día lluvioso. Se formaron las tropas para rendirle honores. Su cuerpo inerte sobre una camilla fue colocado en el suelo, en medio de la calle, jalonada por miles de hombres. El jefe de Estado mayor, coronel Gómez Jordana, leyó la orden general del Ejército de África, dedicada al suceso. El Alto Comisario y General en Jefe, Dámaso Berenguer impuso al cadáver de González-Tablas la Medalla Militar.

A la una de la tarde de ese mismo día llegó a Tetuán, procedente del zoco El Jemis, el furgón de Sanidad conduciendo los cadáveres del Teniente Coronel González-Tablas, Teniente de Regulares Corro, un Sargento de Regulares de Tetuán y el Teniente de Caballería García Sánchez. Los cadáveres fueron depositados en el Hospital Central, donde los médicos militares Illana y Martínez Zaldívar practicaron el embalsamamiento.

Multitud de ceutíes que asistieron  al entierro del Tcol. Gonzalez Tablas.

Multitud de ceutíes que asistieron al entierro del Tcol. Gonzalez Tablas.

El día 15 a las diez de la mañana llegó a Ceuta el camión de Sanidad conduciendo el cadáver de González Tablas procedente de Tetuán. Hasta el campamento de los Soldados del Tercio, situado en Da Ritieu, a ocho kilómetros de la población marchó una comitiva compuesta de 14 automóviles, para acompañar el cadáver. Figuraban en la comitiva representaciones del Ayuntamiento, Civiles, y Militares, y el hermano del finado, Comandante de Infantería y Teniente de Alabarderos D. Angel.

El cadáver fue depositado en su domicilio en los pabellones de la Alhambra, donde se instaló la capilla ardiente, desarrollándose al llegar una conmovedora escena entre la esposa del finado y demás familiares. Por la capilla ardiente comenzó enseguida el desfile de público que se agrupaba en la puerta de la casa mortuoria.

Con motivo de celebrarse al día siguiente a las once el entierro de González Tablas, el alcalde publicó un manifiesto de elevados tonos patrióticos invitando al comercio a cerrar para asistir a la triste ceremonia.

Su Majestad el Rey dirigió el siguiente telegrama de pásame: “Uno mi dolor al de ese brillante Cuerpo por la pérdida del heroico Coronel González Tablas, que ha sabido terminar su vida con un final digno de ella. Sírvanos de ejemplo y honremos su memoria. Vuestro Rey, Alfonso. “

El día 16, a las 11 de la mañana y entre una gran manifestación de duelo, fue celebrado en Ceuta el entierro,  descansando su cuerpo en el Panteón de la Familia Cerni en el Cementerio de Santa Catalina.

El Rey Don Alfonso XIII honró la memoria del Teniente Coronel con la creación del marquesado de González-Tablas.

En Pamplona, en su recuerdo y honor, se dio su nombre a una calle del II Ensanche: la calle de González Tablas.

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julio 20, 2011 at 8:52 am

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Pedro Navarro

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Pedro Navarro (Garde, h. 1460 —  †  Nápoles, h. septiembre de 1528), conde de Oliveto. Noble, marino, militar e ingeniero navarro, célebre por su actuación durante las Guerras de Italia y en el Norte de África.

Pedro Navarro, Conde de Oliveto

Pedro Navarro, Conde de Oliveto

Vida

Juventud

Se conoce poco de esta etapa, y hay controversia con respecto a su lugar y fecha de nacimiento y sus padres. La opinión más extendida es que nació en Garde (Navarra), hacia 1460, como Pedro Bereterra y era hijo de un hidalgo llamado Pedro de Roncal (valle en el que se encuentra Garde).

Durante su juventud se dedicó al pastoreo y las labores propias de la tierra, y puede que también trabajase en alguna mina de hierro de Vizcaya.

Mercenario y pirata

Pasó a Italia, al servicio de unos mercaderes genoveses que habría conocido en Sangüesa y posteriormente del cardenal Juan de Aragón, que murió en 1485. También es posible que tuviera alguna relación directa (a sueldo de un armador) o indirecta (actuando como perista) con el corso.

Se enroló como soldado raso en las tropas florentinas que luchaban contra Génova por las disputas territoriales entre ambas repúblicas en el año de 1487. En esta guerra, fue cuando su forma de manejar la pólvora le hizo famoso. Bajo el mando del condottiero Piero del Monte participó en el asedio al castillo de Sarzanello (1487), en Sarzana (La Spezia), donde ensayó por primera vez su técnica de uso de minas terrestres militares, de la cual es considerado su perfeccionador.

Consistía en emplear un ejército sitiador excavando túneles hasta los cimientos de los muros de las fortificaciones, llenándolos de pólvora (utilizada por primera vez para este fin por Navarro) y, al hacerlos estallar, los muros se derrumbaban y se facilitaba el posterior asalto. Sin embargo, esta primera vez no obtuvo los resultados deseados, pero derribó parte del muro, por lo que se le dobló la paga.

Terminada la guerra marchó a Nápoles, donde trabó relación con el noble valenciano Antonio Centelles, titular del marquesado de Crotona y dedicado al corso, y se puso a su servicio. Zarpando con dos o más naves desde la villa de Crotona, Centelles y Navarro (con experiencia militar) atacaban navíos y puertos, tanto en las costas griegas (muchas de ellas bajo dominio otomano) como en el norte de África. Capturaban esclavos que luego vendían en Italia, y robaban las mercaderías de barcos turcos y norteafricanos, así como de los europeos que comerciaban con dichos puertos.

Al terminar la guerra de Italia en 1497, se restituyó la propiedad del marquesado a Centelles, quien volvió a la piratería junto a Navarro, cuyas acciones le hicieron temido, siendo conocido como Roncal el Salteador entre la gente de mar de Italia y las costas musulmanas. Asaltó incluso los bien armados barcos de la República de Venecia, la mayor potencia naval en el Adriático entonces, hasta el punto de que el asunto se debatió en el Senado de la República, que resolvió acabar con él. Encargó la misión a una tropa de trescientos hombres en una flotilla al mando del capitán Loredano. Desembarcaron para ello en Roccella Ionica, donde se encontraba Navarro, que pudo resistir el ataque con los refuerzos que le envió Centelles desde Crotone, refugiándose en el castillo de la villa y aguantando el asedio varios días hasta que Loredano se retiró.

Poco después Centelles fue apresado por los turcos, llevado a Estambul y ejecutado. Sus bienes, incluyendo el marquesado y los barcos, quedaron en manos de su viuda, que los puso a disposición de Navarro para seguir ejerciendo el corso.

Al servicio del Gran Capitán

En el año de 1499 atacó sin éxito una nave de piratas portugueses, resultando herido de un arcabuzazo, por lo que decidió regresar a Civitavecchia, donde desembarcó y guardó cama, para su pronta recuperación. Estando en ella le dio tiempo de pensar y decidió no volver a la mar, para dedicarse a lo que mejor se le daba, que era el manejo de la pólvora y la ingeniería militar. Tras recuperarse de las heridas decidió ponerse al servicio de Gonzalo Fernández de Córdoba, por el cual sentía gran admiración, que le dejó encargado del manejo de las pólvoras y de la ingeniería.

En el mes de mayo de 1500, zarpó del puerto de Málaga, con rumbo a Mesina, uniéndose en este puerto la escuadra española y la de la república de Venecia, que juntas comenzaron una guerra naval contra los turcos para recuperar las posesiones venecianas en Grecia.

El objetivo de la expedición fue Cefalonia, plaza que fue sometida a asedio. En la fortaleza de San Jorge de esta ciudad, defendida por jenízaros al mando de un capitán albanés llamado Gisdar, Navarro pudo probar una nueva composición de la pólvora para las minas, además del azufre, el cual se introducía ardiendo en las troneras, abrasando a los defensores y provocando que abandonaran las defensas para evitar sus humos venenosos.

No consiguió derribar el muro del todo, pero el 25 de noviembre de 1500, al minar con bateles al nivel del mar las rocas sobre las que se asentaban las murallas del castillo, logró derribar un trozo de muro. Por esta brecha se inició el ataque al castillo, defendido bravamente por la guarnición turca. Las relaciones de la época hacen variar el número de defensores entre 300 y 700, y la duración de la toma de Cefalonia entre 40 días y varios meses.

Pedro Navarro, Conde de Oliveto

Pedro Navarro, Conde de Oliveto

Nápoles

Al terminar la guerra contra los turcos, siguió a don Gonzalo de Córdoba en su segunda campaña napolitana con rango de capitán. Allí volvió a demostrar sus conocimientos, contribuyendo a la reforma y modernización de la infantería como pieza clave del nuevo ejército que el Gran Capitán estaba estructurando en aquellos años.

De acuerdo con lo estipulado en el tratado hispano-francés de Granada (noviembre de 1500) desembarcaron soldados españoles en Tropea (julio de 1501) para tomar posesión de las regiones de Calabria y Apulia y doblegar los focos de resistencia local. Navarro destacó en las consiguientes operaciones. También como marino, pues derrotó a una escuadra francesa que intentaba aprovisionar (infringiendo el tratado) a los sitiados en Tarento (febrero de 1502).

Iniciadas abiertamente ya las hostilidades entre españoles y franceses tras las reiteradas violaciones del tratado, a Navarro le tocó repeler el primer gran embate del numeroso ejército francés enviado por Luis XII a ocupar todo el reino de Nápoles. Con sólo 500 hombres al inicio, rechazó tres ataques en Canosa (agosto de 1502), impidiendo a todo trance la pérdida de ella; pero le llegó la orden de don Gonzalo de que la abandonara, habiendo logrado causar muchas bajas al enemigo y retardado su avance, dando tiempo al Gran Capitán para organizar la defensa de Barletta. Así pues, Navarro negoció una capitulación con D’Aubigny para evacuar a los 150 supervivientes del cerco, y para demostrar que lo hacía en cumplimiento de una orden, hizo salir a su tropa con las banderas desplegadas a tambor batiente y gritando vivas a España.

Tomó parte como capitán de infantería y artillería en la victoria de Ceriñola (28 de abril de 1503). Prosiguió la conquista de la península itálica, y el día 15 de mayo cayó en manos españolas la población de Nápoles, quedando aún en poder de los franceses el Castello Nuovo.

Al ser esta fortaleza casi inexpugnable, se encargó a Navarro que preparase una de sus minas, que por fin funcionó tal como Navarro deseaba. Bajo la cobertura de la artillería puso a trabajar a los zapadores junto a la muralla y mandó introducir barriles de pólvora en las excavaciones (una de ellas bajo el polvorín francés) para luego cerrarlas totalmente. El 11 de julio el Gran Capitán desplegó soldados en el campo para simular un asalto y la guarnición francesa tomó posiciones en las almenas. Entonces Navarró ordenó prender fuego a la pólvora y el consiguiente estallido desplomó una parte de la muralla (arrastrando en la caída a los defensores ahí situados) por donde entraron luego los españoles para rendir finalmente la ciudadela al día siguiente.

A continuación, Gonzalo de Córdoba se dirigió con la mayor parte de las tropas a Gaeta para expulsar totalmente a los franceses del reino, y dejó a Navarro al frente de la conquista de la otra fortaleza de la capital napolitana: el Castel dell’Ovo (Castillo del Huevo), cosa que éste hizo siguiendo el procedimiento anterior, tras lo cual se reunió con aquel. Todos estos acontecimientos y la forma de su realización, unidos a la masiva destrucción que producían, se difundieron rápidamente por Europa, por lo que se le reconoció a Navarro, incluso se llegó a denominarle “el inventor de la mina moderna militar”.

Conocedor de la entrada de un nuevo ejército francés en Italia, Córdoba postergó la toma de Gaeta para interceptarlo en las orillas del río Garellano. Y en el enfrentamiento (desde mediados de octubre hasta la ofensiva final española del 28 de diciembre de 1503), Navarro estuvo al mando de tropas de infantería y de zapadores e incendió el puente del río para cortar el paso a los franceses. También participó en el resto de las operaciones posteriores hasta la completa pacificación del reino.

Una vez firmado el tratado de Lyon (febrero de 1504), en el que Luis XII reconocía la soberanía de Fernando el Católico sobre Nápoles, el nuevo virrey Gonzalo de Córdoba repartió títulos y propiedades entre sus oficiales más sobresalientes. A Pedro Navarro le correspondió la villa y el condado de Oliveto.

Cuando surgieron las desavenencias entre Fernando y su virrey, Navarro viajó a España enviado por el segundo para intentar, infructuosamente, una reconciliación. En septiembre de1506, el propio rey se trasladó a Nápoles. Organizó la administración del reino y destituyó de sus cargos a Gonzalo de Córdoba y sus capitanes, desposeyendo a estos últimos de sus señoríos, exceptuando a Navarro. El cual, el 4 de junio de 1507, siendo almirante de la flota napolitana, regresó a España junto al monarca. Navarro iba precediendo a la Armada real con sus 16 naves. Después de recoger al Gran Capitán en Génova, llegaron el 28 de junio a Saona, de donde zarparon cuatro días después, tras entrevistarse el rey con Luis XII de Francia. El 14 de junio llegaron a Barcelona, pero no pudieron desembarcar por una reciente peste, de modo que el Rey desembarcó finalmente en Valencia el 21, donde ya le esperaba Navarro.

De vuelta a España

Al poco tiempo recibió una orden real del Rey Católico, de que se pusiese al mando de un ejército, para volver al orden al Duque de Nájera, regente de Castilla y de León, cada vez más rebelde a los designios del aragonés, casado en segundas nupcias con Germana de Foix, en cumplimiento del Tratado de Blois con Francia. Al presentarse Navarro con sus fuerzas, el Duque de Nájera no creyó oportuno el presentar combate contra el afamado militar, por lo que le instó a entablar conversaciones, para llegar a un acuerdo y con él a la paz.

Por la excelente reacción de Nájera, y el final tan rápido al que se había llegado por la fama de Navarro, el Rey le nombró capitán general de su Armada en el año de 1508, con la misión de conquistar reductos en el norte de África, que eran de vital importancia para mantener alejados a los piratas berberiscos.

Monumento homenaje a Pedro Navarro, Conde de Oliveto, en Garde

Monumento homenaje a Pedro Navarro, Conde de Oliveto, en Garde

Campañas de África

La siguiente misión de importancia que el rey encomendó a Navarro fue combatir la piratería y el corso berberiscos, que se estaban convirtiendo en un serio problema para el tráfico marítimo mercante. Desde la primavera de 1508, Navarro estuvo al mando de una flotilla capturando o hundiendo embarcaciones piratas y corsarias, generalmente fustas o galeotasligeras.

El 23 de julio del mismo año llegó al Peñón de Vélez de la Gomera, situado a poco menos de cien metros de la villa costera del mismo nombre. Ambos lugares eran un importante núcleo de corsarios. Navarro puso todos los barcos a tiro de cañón del islote, y aquellos huyeron a refugiarse en Vélez. Una vez tomado el peñón, mandó subir a él la artillería, y con ella destruyó completamente la villa y su puerto. Siendo el peñón un punto estratégico, ordenó fortificarlo y dejó en él una guarnición de treinta y dos hombres bajo el mando del alcaide Juan de Villalobos.

Poco tiempo después acudió a socorrer al destacamento portugués de Arcila, que estaba siendo atacado por numerosas tropas del rey de Fez, y consiguió que éstas levantaran el sitio y se retiraran tras cañonearlas desde los barcos.

La conquista de Orán

En España, el cardenal Cisneros convenció al rey Fernando de la conveniencia de iniciar incursiones militares en el norte de África, ofreciéndose a financiarlas él mismo con las rentas de su señorío eclesiástico. El monarca designó al propio Cisneros capitán general de la campaña, y a Navarro, maese de campo encargado de dirigir las operaciones sobre el terreno. Navarro aceptó con desagrado el nombramiento de Cisneros.

Las fuerzas se concentraron en el puerto de Cartagena: 90 naves (80 de transporte y 10 galeras) y 22.000 soldados. Pronto surgieron fricciones entre el cardenal y el conde. La primera de ellas, a causa del botín obtenido de la captura, antes de partir, de varias fustas moriscas, que Navarro repartió enteramente entre los participantes en los asaltos, en vez de destinar la mitad a financiar la expedición, como estaba convenido.

La flota zarpó el 16 de mayo de 1509 y arribó al día siguiente a Mazalquivir, la cabeza de puente (bajo control español desde 1505) desde la que se partiría el día 18 para la conquista del primer objetivo: Orán, cercana e importante ciudad costera de 10.000 habitantes y bien fortificada y artillada.

Cisneros tenía intención de marchar él mismo en cabeza de la formación, pero finalmente Navarro le convenció de que se quedara en Mazalquivir, y planificó un ataque por mar y tierra que culminó a la postre en una fácil victoria. Mientras la armada bombardeaba las murallas, la fuerza terrestre, que Navarro dividió en cuatro cuerpos, se enfrentó con el enemigo a las afueras de la ciudad. La artillería y caballería españolas obligaron a los defensores a replegarse hasta que tuvieron que resguardarse dentro de Orán. Una vez consolidadas las posiciones del sitio, se inició el asalto con escalas, bajo cobertura artillera y con ayuda de minas. Cuando parecía que la batalla se estaba decidiendo en lo alto de las murallas, entraron los atacantes por las puertas de la ciudad. La lucha continuó, por poco tiempo, en las calles y en el puerto.

El resultado final fue, tras apenas dos o tres horas de combate, de 4.000 a 5.000 bajas enemigas por sólo 300 propias, y un gran saqueo posterior de la ciudad y los barcos capturados en el puerto por parte de marinos y soldados, que se hicieron con un botín de 500.000 escudos en monedas, mercancías, esclavos y rehenes. Navarro tomó posesión de Orán en nombre del rey, por lo que la plaza pasaba a manos de la Corona, privando a partir de entonces del mando a Cisneros, quien hubo de regresar a España.

Toma de Bugía y Trípoli

A pesar de las quejas de Cisneros al rey respecto a Navarro, el monarca le confirmó en su puesto al frente de la campaña y le envió refuerzos para continuarla. Tras pasar el invierno enFormentera, se dispuso a capturar la rica ciudad de Bugía.

Llegó a sus cercanías con 5.000 soldados el 5 de enero de 1510 e inició el ataque al amanecer del día siguiente. Frente a él se encontraba un reyezuelo llamado Abderhamán con unos 10.000 defensores, que lanzó contra los españoles cuando estaban desembarcando, al tiempo que los cañoneaba desde la ciudad. Sin embargo, estos repelieron el ataque gracias a la ayuda de la artillería naval que les protegía, y comenzaron luego el asedio bombardeando desde tierra y mar. Al penetrar finalmente en la ciudad, la mayor parte del combate tuvo lugar en las calles de la ciudad, que se rindió al mediodía tras la huida de Abderhamán y su séquito y la muerte de muchos de sus habitantes.

Después Navarro sacó provecho de las disputas entre Abderhamán, en realidad un usurpador, y su sobrino, el joven rey Muley Abdalla. Este le guió hasta la cercana sierra en la que se habían refugiado su tío y los fugitivos que se habían reunido con él. El roncalés les atacó por la noche con 500 españoles. Abderhamán volvió a escapar pero murieron 300 de sus hombres, otros 600 fueron apresados junto a su primera esposa, su hija y altos cargos de la ciudad, y su campamento, con sus muy valiosas pertenencias, fue saqueado y después incendiado por los españoles. Estos, que aumentaron su botín con el ganado y los camellos capturados y el rescate cobrado por los rehenes, tan sólo tuvieron una baja en esta incursión a la montaña.

Los contundentes éxitos militares logrados hasta entonces por Navarro intimidaron a los reyes de las ciudades-estado de Argel y Túnez, que ofrecieron vasallaje al de España y liberaron a todos los cristianos que tenían cautivos.

Tras consolidar el dominio en la región, el conde reorganizó la flota en julio (1510) en la isleta siciliana de Favignana y se embarcó con más de 14.000 hombres a la conquista de Trípoli, donde se enfrentaría a un similar número de defensores protegidos por fuertes murallas y baluartes.

La batalla se dio el 25 de julio tras el desembarco. Tras entrar en acción las artillerías de ambos bandos, se asaltaron con éxito las murallas. A continuación empezó una extenuante lucha casa por casa que se prolongó hasta bien entrada la noche, y que se saldó con unos 200 o 300 muertos españoles y 5.000 berberiscos, más otros tantos de estos últimos capturados como esclavos. Una vez más los vencedores se hicieron con un cuantioso botín, incluido el obtenido de la captura de los barcos del puerto, entre ellos cinco naves de auxilio enviadas (ya tarde) por el sultán turco y barcos mercantes turcos, albaneses y venecianos o genoveses que arribaron (sin saber lo ocurrido) a Trípoli para descargar.

El fracaso de Gelves y los Querquenes

Alentado por estas victorias, Navarro manifestó al rey su disposición para continuar al frente de la empresa con nuevas y más ambiciosas conquistas. Pero su condición de hidalgo de origen humilde jugó en su contra y fue desplazado por el joven e inexperto García de Toledo, primogénito del segundo duque de Alba, a quien el monarca ya había nombrado en abril capitán general de África, con sede en Bugía.

A principios de agosto, al mando de don García, ya estaban listos para zarpar desde Málaga unos 7.000 hombres embarcados en quince naosgruesas, pero una epidemia norteafricana de peste obligó a aplazar la partida. Mientras tanto, Navarro estudió la posibilidad de atacar la isla deYerba (Djerba, también llamada Isla de los Gelves), un conocido cobijo de corsarios berberiscos frente a la costa oriental tunecina. Por ello salió de Trípoli a principios de mes con una expedición de reconocimiento de ocho galeras y una fusta. Intentó persuadir a los principales jefes de la isla de que aceptaran rendir vasallaje al rey de España para evitar la confrontación. Al negarse éstos, decidió esperar la llegada de los refuerzos para iniciar la invasión.

Zarpó por fin don García, tomó posesión en Bugía, dejó allí una parte de su armada con 3.000 hombres y se reunió con Navarro (quien sería su segundo) el 23 de agosto de 1510 en Trípoli para preparar la expedición. La flota llegó el día 29 y desembarcaron 8.000 hombres, que hubieron de hacerlo en bateles debido al poco calado de la costa. Una vez en tierra, el ejército se dividió en siete escuadrones al mando de un coronel cada uno. Don García se empeñó en marchar él mismo en el de cabeza, junto a un centenar de jóvenes de la nobleza castellana, y así lo hicieron.

La misión consistía en atacar un castillo donde se acantonaban los corsarios, y hacia allá se encaminó la tropa a través de una zona arenosa y bajo un calor sofocante. Los mandos, confiados en que iban a lograr una fácil y pronta victoria, no ordenaron llevar víveres ni agua. Los soldados, que además debían arrastrar a mano la artillería, fueron víctimas del calor, la sed y el agotamiento, y muchos cayeron desmayados. Al divisar vegetación, se dirigieron hacia ella, y al llegar allá los primeros hombres del escuadrón de vangardia descubrieron un pozo. En cuanto se corrió la voz entre la tropa, ésta acudió impacientemente y en desbandada hacia él, deshaciendo totalmente la formación a pesar de los intentos de los oficiales por poner orden. En ese momento unos pocos centenares de berberiscos emboscados aprovecharon la ventaja para atacar a pie y a caballo, matando a todos aquellos que no lograron escapar. Aproximadamente la mitad de los españoles (unos 4.000) quedaron muertos en la arena, incluyendo a don García y otros nobles. El resto huyó desordenadamente hacia el litoral.

Fuera del palmeral, el enemigo era mucho más numeroso (hasta 4.000 hombres), y Navarro, con ayuda de Pedro de Luján y otros coroneles, intentó organizar los escuadrones de retaguardia para hacerle frente, comprendiendo que de lo contrario la catástrofe podría ser total, pero no pudo detener la desbandada. Afortunadamente para los supervivientes, los jinetes e infantes moros no continuaron la persecución. Unos 3.000 españoles que no pudieron reembarcar ese día hubieron de esperar toda la noche en la playa la llegada de los botes que los recogieron.

No acabó ahí el desastre, pues el día 31 un fuerte temporal hizo naufragar varias naves y dispersó a los veleros, que quedaron a merced del viento. La nao en la que viajaba Navarro fue a la deriva hasta las costas de Turquía y allá estuvo a punto de hundirse al abrirse las cuadernas. La tripulación se salvó gracias a la pericia como marino del roncalés, que consiguió escorar el barco hacia un costado y navegar así hasta Trípoli. Reagrupados tiempo después los treinta veleros y 5.000 hombres que quedaban, invernaron en Lampedusa.

A pesar de todos estos grandes reveses y de las inclemencias del invierno, Navarro aún tuvo fuerzas para emprender otra incursión en territorio musulmán. El objetivo eran las Islas Querquenes (Ker-kenah), ricas en agua dulce y pasto para el ganado. Pensaba aprovisionar a la armada con carne y agua. Tras varios intentos fallidos por el mal tiempo, el 20 de febrero de 1511 desembarcó en la mayor de las islas una avanzada de 400 hombres al mando del coronel veneciano Jerónimo Vianelo (Girolamo Vianello). Pero la traición de un alférez, enfurecido por una trifulca con aquél, dio al traste con la misión: los lugareños refugiados en un extremo de la isla degollaron por la noche a Vianelo y sus hombres cuando dormían. Navarro tuvo que retirarse con los barcos a la isla de Capri.

De nuevo en Italia

A pesar de que el desastre de los Gelves le granjeó a Navarro muchas enemistades en la Corte, el rey volvió a contar con él, aunque nuevamente fue relegado del mando en favor de un noble. Se le ordenó que acudiera con su armada a Nápoles y se pusiera a disposición del virrey Ramón de Cardona, capitán general de los ejércitos coaligados de la Liga Santa (1511) que combatirían en Italia contra los de Ferrara, Florencia y de Luis XII de Francia.

Bolonia y Rávena

El 2 de noviembre de 1511, con Cardona al frente y Navarro como general de infantería, partió de Nápoles una expedición con la intención de desalojar a los franceses de Bolonia. Antes de iniciar el cerco a esta ciudad, el roncalés se encargó de rendir, primero con minas y luego con la infantería, la fortaleza de Genivolo (fines de diciembre de 1511). Se inició después (16 de enero de 1512) el mencionado asedio mediante la artillería, al tiempo que Navarro intentaba volar los muros de la ciudad. Sin embargo, debido a la humedad, el frío, la nevada del momento y el terreno blando y poroso sobre el que estaban, las minas no funcionaron. Cuando Gastón de Foix-Nemours, capitán general de los franceses en Italia, logró reforzar la defensa con 10.000 hombres, Cardona juzgó ya imposible la toma de Bolonia y ordenó levantar el sitio.

El siguiente enfrentamiento de importancia entre Foix y Cardona fue la batalla de Rávena (11 de abril de 1512). El francés realizó una maniobra envolvente que le permitió abrir fuego de artillería de lleno sobre la caballería pesada aliada, causándole cuantiosas bajas y provocando que Fabrizio Colonna, al mando de ella, lanzara un ataque a la desesperada sobre su homóloga francesa. Los de Colona, junto a la caballería ligera del marqués de Pescara que acudió a socorrerles, fueron arrollados por la experimentada caballería pesada francesa, muy superior en el terreno llano en que tuvo lugar el choque. Viendo la batalla perdida, Cardona huyó junto con las tropas de retaguardia.

La infantería española, en primera línea y bajo el mando de Navarro, mantuvo la posición, y consiguió resistir sucesivos embates de la infantería enemiga: de mercenarios lansquenetes, de la francesa y de la de Ferrara. Foix reagrupó todas las tropas y lanzó con ellas un nuevo ataque. Siendo imposible rechazarlo esta vez, Navarro organizó una retirada ordenada. En una carga de caballería contra los hombres que la cubrían murió el propio Foix. El conde de Oliveto fue herido y capturado por un soldado enemigo.

Paradójicamente, la batalla de Rávena se saldó con más bajas en el bando vencedor francés. De hecho, de no ser por la retirada de Cardona, la victoria habría sido para la Liga, ya que después de que Navarro consiguiera solventar la situación adversa, las tropas de la tercera línea con las que huyó el virrey podrían haber realizado un contrataque definitivo. A pesar de ello, Cardona y otros generales culparon al roncalés de la derrota, recriminándole que no hubiera atacado desde el principio (cubriendo así también a la caballería) en vez de esperar.

Navarro quedó prisionero del duque de Longueville, que pidió por él un rescate de 20.000 escudos de oro y le recluyó en su castillo de Loches (octubre de 1512). Fernando el Católico intentó su liberación sin pagar dicha cantidad, primero por la fuerza, cosa que impidió la guardia del castillo, y después diplomáticamente (también sin éxito), aprovechando las treguas firmadas con Francia.

Al servicio de Francia

Francisco I, yerno y sucesor de Luis XII, consciente del valor y la inteligencia de Navarro, le propuso en 1515 entrar a su servicio con el cargo de general. Este aceptó la oferta, dado que durante tres años el rey de España no quiso pagar el rescate que Longueville pedía, y devolvió el título de conde de Oliveto (que luego el monarca adjudicaría a Ramón de Cardona). Paradójicamente Navarro se había convertido en súbdito natural del rey Fernando durante su cautiverio, ya que a partir de 1512 el Reino de Navarra fue conquistado por el monarca católico, dejando de depender de la Casa de Labrit para pasar a manos de los Trastámara.

Navarro empezó su nueva labor reclutando veinte compañías de gascones, vascos y navarros para apoyar una nueva incursión francesa en Italia. En el verano de 1515, un numeroso ejército (50.000 soldados) cruza los Alpes, toma con facilidad Novara, Vigevano y Pavía, y se dispone a controlar totalmente el Milanesado. En la Batalla de Marignano (13-14 de septiembre de 1515) la infantería francesa que él mandaba se impuso a la suiza gracias al orden y disciplina de fuego que estableció en las hileras de arcabuceros y ballesteros. El 4 de octubre derrumbó con artillería y minas los muros del Castillo Sforza de Milán en el que resistía el duque Maximiliano, aunque durante la acción fue herido en la cabeza por una esquirla de piedra.

Brescia

El Papado, el Sacro Imperio Romano Germánico y España se habían aliado para hacer frente a Francia, quien a su vez contaba con el apoyo de Génova y Venecia. Ésta última había perdido Brescia a manos de los imperiales, quienes ocupaban la plaza con una guarnición española de unos pocos cientos de hombres.

En noviembre de 1515, el embajador veneciano en Milán persuadió a Navarro para que comandara la conquista de la mencionada ciudad, y allá se dirigió con 8.000 soldados, la mayoría gascones y vascos que había reclutado el año anterior. En el mismo mes ya estaban fijadas las posiciones del sitio. En diciembre se iniciaron las excavaciones para la colocación de minas junto a la ciudadela. Los españoles, que ya conocían la técnica, pues la habían aprendido de él, guiándose por el ruido de los picos cavaron contraminas que luego hicieron estallar. Además de frustrar los planes enemigos, mataron a muchos de los zapadores que se hallaban en las galerías subterráneas, entre los que se encontraba un oficial veneciano que en un principio confundieron con el propio Navarro. El fracaso del ataque y la noticia de la llegada de refuerzos alemanes le condujeron a levantar temporalmente el sitio.

Tras colaborar con varios altos mandos en otras operaciones bélicas en el norte de Italia, en mayo de 1516 se puso al frente de 5.000 infantes que se unieron a las tropas de Teodoro da Trivulzio para ejecutar un asalto definitivo a Brescia. Tras haber desertado por falta de paga una parte de los defensores de ella y dada la inferioridad numérica de aquellos, los franceses lograron rendir la plaza acordando una capitulación con el capitán español de la guarnición, el catalán Lluís d’Icart, al que se permitió salir del lugar junto a sus hombres, portando éstos sus armas, pertrechos y bienes.

Breve etapa corsaria

Acabada la guerra (agosto de 1516), y habiendo quedado por ello sin ocupación, Navarro decidió dedicarse al corso, fijando su base operativa en Marsella. Obtuvo de la Corte francesa 20.000 ducados, con los que armó una flota de 18 naves, en la que embarcó 6.000 hombres para correr las costas de Berbería. Zarpó hacia fines de año con altas expectativas, pero el frío, la falta de alimentos y las enfermedades frustraron sus intenciones, y tuvo que regresar a Francia en enero de 1517.

En mayo del mismo año volvió a partir de Marsella, esta vez para enfrentarse a los corsarios berberiscos, contando para ello con 15 embarcaciones, entre ellas un galeón y unacarabela. En octubre bombardeó Mehedia (Argelia), pero la defensa artillera de la ciudad hundió una de sus naves y le arrancó el mástil de otra. En el posterior desembarco surgieron disputas entre los franceses y los mercenarios españoles contratados por Navarro, y esto, junto al insuficiente número de sus tropas, no le permitió efectuar más que una pequeña demostración de fuerza ante el enemigo, tras lo cual volvió a Marsella.

A finales de año se entrevistó con el Papa, al que expresó su deseo de combatir contra los infieles bajo su auspicio. Con tal propósito obtuvo del pontífice una pequeña financiación (4.000 ducados), que le ayudó a reclutar 2.000 hombres. Junto a ellos navegó, en el verano de 1518, a bordo de 9 galeones y 5 bergantines, pero no pudo cumplir su mayor objetivo, la conquista de Monastir, por la fuerte resistencia que opusieron los defensores.

En diciembre logra el apoyo de Francisco I para salir a luchar una vez más contra los corsarios norteafricanos. El soberano le promete poner a su disposición unas 12 galeras, pero la puesta a punto de la expedición se fue demorando a lo largo del año siguiente por ciertos problemas, entre otros las dificultades legales para el reclutamiento de galeotes. Cuando finalmente Navarro se encontró, en octubre, al mando de 10 naves, con la escuadra del corsario Sinan frente a Mehedia, no pudo batirle, y tuvo que regresar a la Provenza. El hambre y las enfermedades habían mermado seriamente a la tripulación. Su último intento, un año después, con cuatro barcos, tampoco le daría los resultados apetecidos.

Rechazo de Carlos I

A principios de 1520 el monarca galo armó una poderosa flota en la Provenza, y, en contra de lo esperado, no le confirió el mando de ella a Navarro, sino al hermano de una amante suya. El roncalés, que se había sentido marginado durante el último año, decidió entonces romper su relación con Francia y ponerse a disposición de Carlos I de España (o Carlos V como Emperador). Para ello cursó una petición a través del Papa y del embajador español en Roma, Juan Manuel, señor de Belmonte, el cual se dirigía al soberano en estos términos:

“Hame dicho el Papa que el conde Pedro Navarro le ha enviado á suplicar que le encomiende mucho a Vuestra Majestad, lo cual él dice que hará con muy buena voluntad, porque le parece que conviene mucho que á éste le reciba V. M. por su servidor (…) He sabido está muy mal contento con los franceses y con ganas de enojarlos, y con mayor gana de servir a Vuestra Alteza, lo cual me mandó avisar, si quiere servirse de él.”

En el mes de septiembre, el roncalés precisó en Roma su oferta: Se comprometía a arrebatar Génova a los Fregoso (aliados de Francisco I) para entregársela a los Adorno (asociados a Carlos V). La conquista sería financiada por éstos últimos, y se ejecutaría con unos mil soldados españoles. Sin embargo, y a pesar de la buena imagen que de él transmitía el embajador (“es persona muy señalada y bien leal a cuanto yo entiendo” ), la propuesta de Navarro no fue tenida en cuenta por el Emperador.

Guerra Italiana de 1521-1526

Cuando estalló la Guerra Italiana de 1521-1526 Navarro volvió a militar para Francisco I, quien le envió a reforzar la defensa de Génova con cuatro galeras y 2.000 infantes. Por desgracia para él, llegó a la ciudad justo cuando los imperiales entraban en ella (30 de mayo de 1522), y fue capturado por el maese de campo Juan de Urbina, quien había sido soldado a sus órdenes durante las campañas del Gran Capitán.

El embajador don Juan Manuel sugirió de nuevo a Carlos V admitir al roncalés a su servicio, señalando la mejora que supondría para la armada española contar con su dirección, solucionando así los problemas que en su funcionamiento se habían evidenciado recientemente. Pero también esta vez el monarca se negó a ello, y ordenó trasladar al prisionero al Castel Nuovo de Nápoles, la misma fortaleza cuyos muros derrumbara dos décadas antes. Allá permanecería cuatro años.

Según el Tratado de Madrid (14 de enero de 1526), que puso fin a la contienda, todos los prisioneros debían ser liberados, a condición de que se reincorporaran al servicio de su señor natural. Sin embargo, por lo que respecta a Navarro, varias voces en la Corte de Carlos V le tachaban de traidor, y era evidente que el soberano no quería saber nada de él. Por ello, se puso de nuevo bajo las órdenes de Francisco I, quien por su parte violó muy pronto el tratado, reanudando las hostilidades en Italia en lo que se conoce como Guerra de la Liga de Cognac.

Guerra de la Liga de Cognac

Navarro participó en este conflicto con el cargo de almirante de las fuerzas navales coaligadas. Como tal dirigía en persona el bloqueo marítimo de Génova (1526), cuando recibió noticia de la próxima venida de una flota española de socorro. Salió a interceptarla con un número de naves superior a ella, pero fracasó totalmente al evadirse casi por completo la formación enemiga. El rey le relevó del puesto y a cambio le dio mando en tierra.

Ahora como general de infantería, subordinado al mariscal Lautrec, el roncalés contribuyó a la toma de Génova, Alessandria (usando sus minas para derribar los muros) y otras plazas menores. Los ejércitos de la Liga pasaron el invierno en Bolonia, y se prepararon para la campaña primaveral, con el objetivo de expulsar de la península al rival, replegado en Nápoles.

Hacia fines de febrero de 1528, Navarro marchó en vanguardia de la incursión aliada en el reino napolitano. Se encargó de someter varias zonas y luego se reunió con Lautrec frente a la capital, para acometer la conquista del último bastión de los imperiales. El sitio y el campamento, cuya traza diseñó Navarro, se establecieron el 9 de abril. El pronóstico era de triunfo claro para los de la Liga: 26.000 hombres frente a 10.000 hispano-alemanes (además de unas reducidas infantería napolitana y caballería ligera albanesa).

El bloqueo marítimo, del que se ocupaba Andrea Doria ayudado por su sobrino Juan Andrea, pareció consolidado cuando fracasó el intento de romperlo por parte de Hugo de Moncada. Sin embargo, el almirante genovés negoció durante el asedio un cambio de bando con el Emperador. Así, en verano, tras la firma del nuevo contrato, las naves de tío y sobrino pasaron de impedir el abastecimiento y refuerzo para la guarnición hispano-germana a procurarlo, y comenzaron a atacar desde el mar a los sitiadores.

Para privar de agua a los cercados, Lautrec ordenó romper los canales que la conducían a la ciudad. Pero esto hizo que el terreno circundante, donde acampaban sus hombres, se encharcara. Y con el calor del verano, proliferaron en el lugar los mosquitos y otros insectos, y surgió entre las tropas aliadas un virulento brote de peste. A pesar de eso el mariscal francés confiaba aún en que Nápoles caería y no quiso levantar el sitio. Pero él mismo, al igual que miles de sus soldados, contrajo la enfermedad y murió el 15 de agosto. Poco después Navarro comenzó a sentir los primeros síntomas de ella. El Marqués de Saluzzo, Miguel Antonio de Saluzzo, (Saluzzo, 26 de Marzo de 1495 – Aversa, 18 de Octubre de 1528), sustituto de Lautrec, ordenó la inmediata retirada del ejército, que abandonó la artillería, tiendas y pertrechos (29 y 30 de agosto). Cuando los imperiales observaron la huida de sus enemigos, salieron de la ciudadela en su persecución. Mediante la caballería ligera alcanzaron en Aversa al grupo más numeroso de ellos, en el cual que se hallaba Pedro Navarro, que fue capturado por el capitán albanés Socallo.

Después de pasar un tiempo en la posada del maese de campo Alarcón (antiguo compañero suyo), en el cual mejoró ligeramente de sus dolencias, Navarro fue recluido de nuevo, por orden de Carlos V, en el Castel Nuovo. Quedó bajo la custodia del alcaide Lluís d’Icart (con quien ya coincidió en Brescia en mayo de 1516, cuando este último era el capitán de la guarnición española a la que se enfrentó), quien mandó construir una chimenea en su aposento, al ver los temblores que padecía.

Pedro Navarro falleció en el mencionado castillo hacia septiembre de 1528. Sobre ello existen varias hipótesis. Una afirma que Carlos V ordenó que se le diera muerte. Por ello el capitán Icart habría ahogado al prisionero con una almohada: bien para librarle de sufrir la humillación de una ejecución pública, o bien para simular una muerte natural, evitando de este modo que se diera una imagen negativa del rey, ya que muchos militares que conocieron a Navarro habrían considerado esa ejecución muy denigrante. Otra teoría es que la muerte fue simplemente la consecuencia lógica de la enfermedad que padecía, a lo que cabría añadir su ya avanzada edad (cerca de 70 años).

El cadáver de Navarro fue sepultado bajo una losa de la iglesia napolitana de Santa María la Nueva, junto a los restos de Lautrec, en una capilla propiedad del Gran Capitán. Años más tarde, el nieto de éste, duque de Sessa, mandó erigir para ambos sendos mausoleos labrados en mármol. El epitafio inscrito en el de Navarro dice:

OSSIBUS ET MEMORIAE PETRI NAVARRI CANTABRI SOLERTI IN EXPUGNANDIS URBIBUS ARTE CLARISSIMI GOLSALVUS FERDINANDUS LUDOVICI FILIUS MAGNI GONSALVI NEPOS SUESSAE PRINCEPS DUCEM GALLORUM PARTES SECUTUM PIO SEPULCRI MUNERE HONESTAVIT QUUM HOS IN SE HABEAR PRAECLARA VIRTUS UT VEL IN HOSTE SIT ADMIRABILIS OBIIT AN. 1528.Aug.28

En Pamplona una céntrica avenida de la ciudad recibe su nombre: la avenida Conde de Oliveto.

Bibliografía

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julio 16, 2011 at 6:17 am

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José Sanjurjo

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José Sanjurjo Sacanell (Pamplona, 28 de marzo de 1872 – † Estoril, Portugal, 20 de julio de 1936). Militar.

José Sanjurjo Sacanell

José Sanjurjo Sacanell

Hijo del coronel de caballería carlista Justo Sanjurjo y de una Sacanell, hija y hermana, a su vez, de distinguidos militares del mismo campo.

Ingresó como alumno en la Academia General Militar en 1890 y en la de Infantería en 1893. Tomó parte en la guerra de Cuba (1895-1898), durante la cual ascendió a teniente por méritos, (1896) y a capitán (1898). Tomó parte también en las campañas de Marruecos, durante las cuales ascendió a comandante (1909), teniente coronel (1914), coronel (1916), general de brigada (1920), general de división (1922) y teniente general (1925).

Destinado a Melilla en los días que siguieron al desastre militar español del 21 de julio de 1921, tuvo que intervenir en los momentos más duros de la guerra, efectuando operaciones muy difíciles, acaso ninguna como la toma del famoso Gurugú, que llevó a cabo en una magnífica maniobra.

Al producirse el golpe de estado de Primo de Rivera (1923), Sanjurjo era gobernador militar de Zaragoza. Después volvió a ser destinado a Melilla, para ocupar esta Comandancia. Era ya uno de los militares más distinguidos y populares en el ejército español. En esos años de la Dictadura culminó también su carrera militar con sus actuaciones en el desembarco de Alhucemas, que puso fin a la contienda norteafricana. Por todas ellas recibiría la cruz laureada de San Fernando, el título de marqués del Rif y, en mayo de 1926, de marqués de Monte Malmusí.

Proclamada la República en 1931, el nuevo Gobierno lo nombró director general de la Guardia Civil y, después, director de carabineros.

El 10 de agosto de 1932, descontento con la marcha de los acontecimientos, se sublevó en Sevilla contra el gobierno republicano, pero el movimiento fracasó y fue procesado y condenado a muerte, pena que se le conmutó por la reclusión perpetua en el penal del Dueso, y después, por la de destierro. Consecuentemente, se trasladó a Portugal el 21 de abril de 1934, y desde allí mantuvo contacto con otros elementos civiles y militares que se disponían a promover una nueva rebelión contra el gobierno.

Comprometido a acaudillar el alzamiento de 1936, del que era su principal dirigente, intervino activamente en los trabajos conspiratorios, dirimiendo personalmente las cuestiones surgidas entre la junta carlista de Navarra y el general Mola.

Murió en un accidente de aviación, cuando se disponía a dirigirse a Pamplona para ponerse al frente del movimiento. La avioneta pilotada por el aviador Juan Antonio no pudo despegar debido al peso que llevaba y se estrelló contra una tapia, incendiándose seguidamente y pereciendo el general carbonizado.

Por decreto de 20 de octubre de 1939 se le confirió el empleo de capitán general con antigüedad del día de su muerte.

Sus restos reposan en el monumento a los muertos de la guerra sito en Pamplona. El mismo año de su muerte se colocó en al avenida de las Navas de Tolosa de Pamplona un monumento a su memoria, retirado en 1988.

Bibliografía

  • J. M.ª Carretero Novillo:
    El general Sanjurjo. Su vida y gloria (Madrid, 1940)
    Sanjurjo, caudillo y víctima (Madrid, 1932);
  • E. Esteban-Infantes:
    Apuntes para la Historia. La sublevación del general Sanjurjo (Madrid, 1933)
    Un laureado en el penal del Dueso (Barcelona, 1957);
  • C. González Ruano:
    Sanjurjo (Una vida española del novecientos) (Madrid, 1933);
  • J. Pérez Madrigal:
    El general Sanjurjo a presidio (Madrid, 1955).

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julio 2, 2011 at 6:16 pm

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José de Armendáriz y Perurena

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José de Armendáriz y Perurena, I Marqués de Castelfuerte (n. Ribaforada, 1670 – † Madrid, 1740). Militar y funcionario colonial, XXVIII Virrey del Perú.

Retrato de José de Armendáriz, Marqués de Castelfuerte

Retrato de José de Armendáriz, Marqués de Castelfuerte

Empezó a servir como capitán de caballería. Durante la guerra de Flandes se halló en las batallas de Fleurus (1690) y Neerwinden (1693). Pasó a Cataluña ascendido a Maestre de Campo del cuerpo de Dragones, y concurrió al sitio de Palamós y la campaña sobre Barcelona.

Destinado a Nápoles y ascendido a brigadier, participó en la guerra de Portugal. Estuvo presente en el sitio de Gibraltar (1704) como Mariscal de Campo. Promovido luego a Teniente General de los Reales Ejércitos por su comportamiento en la toma de Alcántara (1706). Desempeñó cargos en Extremadura; comandó las tropas reales en la batalla de Lagudina (1708) y tuvo acción decisiva en Villaviciosa (1710), donde cayó herido. Fue entonces premiado con la Orden de Santiago y, en tal virtud, beneficiado con las encomiendas de Montizón y Chiclana, además de otorgársele el título de Marqués de Castelfuerte (30 de junio de 1711).

Intervino en la pacificación de Aragón y el sitio de Barcelona; ejerció la gobernación de Tarragona; pasó a Cerdeña y durante la guerra de Sicilia contribuyó a la toma de Mesina y la victoria de Francavilla (1718). Era gobernador y capitán general de Guipúzcoa (1723) cuando fue nombrado Virrey del Perú.

El gran collar que luce en el retrato (que se conserva en el Museo de Lima)  el señor de Castelfuerte, es el Toisón de Oro, una de las más antiguas preseas de España y posiblemente la más importante entre las europeas.

Virrey del Perú

Partió de Cádiz el 31 de diciembre de 1723 y entró en la capital del Perú como Virrey el 14 de mayo de 1724.

Durante su gobierno trató de mantener a la jerarquía eclesiástica dentro de los límites estrictos de su competencia; puso tope a la multiplicación de los conventos de religiosos, favoreció la actuación de la Inquisición e incluso el establecimiento de misiones franciscanas. Su actitud se ve determinada por ideas y sentimientos contrapuestos, pues mientras fortificaba las costas y reorganizaba la armada para proteger justamente al comercio contra el contrabando internacional e incluso dictaba medidas para favorecer a los indios y defenderles de los abusos de sus subordinados, se veía obligado a transigir con éstos y consentir represiones a veces injustas. Logró sacar a flote la economía peruana basada principalmente en la minería y en el comercio. Se le tiene por un administrador correcto.

El 4 de enero de 1736 dejó el virreinato. Ostentó los títulos de Toison de Oro y comendador de Monzón y Chiclana en la Orden de Santiago.

Referencia

  • Alberto Tauro del Pino. Enciclopedia Ilustrada del Perú. Lima: PEISA, 2001.

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septiembre 10, 2009 at 11:42 am

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Marcelino Oráa Lecumberri

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Marcelino Oráa Lecumberri (n. Beriáin, 28 de abril de 1788 –  † Beriáin, 24 de noviembre de 1851). Militar que tuvo gran relevancia durante la Primera Guerra Carlista.

Retrato de Marcelino Oráa

Retrato de Marcelino Oráa

Impresionado por los hechos de la Guerra de la Independencia, fue guerrillero en Navarra con Francisco Espoz y Mina y entró a formar parte del gbatallón de tiradores de Cuenca en 1810. Participó en numerosas acciones bélicas;  logró ser nombrado sargento mayor del 3.er batallón de voluntarios del Norte.  Acabó la guerra siendo un gran conocedor del territorio vasco-navarro.

Estuvo encargado de escoltar los soldados franceses hechos prisioneros por el caudillo navarro hasta las playas guipuzcoanas donde eran entregados a la armada inglesa. De ésta recibía armas y municiones que a su vez transportaba a Navarra. Gran resonancia tuvo cuando consiguió llevar desde la playa de Deva en Guipúzcoa hasta Navarra un pesado cañón de batir que le entregó un buque británico, empleando para el transporte bueyes que lo arrastraban por los caminos de montaña durante la noche.

Continuó en el ejército durante la paz, y fue ascendido a coronel en 1829, siendo nombrado en 1831 jefe del Regimiento Inmemorial. Dado su buen conocimiento del territorio en el que operaba Zumalacárregui durante la Primera Guerra Carlista, fue el jefe isabelino que con más éxito consiguió enfrentarse a la táctica guerrillera del jefe carlista, siendo ascendido a brigadier por la acción de Nazar y Asarta contra Zumalacárregui.

Siguió luchando contra las tropas carlistas, consiguiendo así la Cruz de San Fernando y la Gran Cruz de Isabel la Católica. Sustituyó interinamente a Córdoba en el mando supremo desde el 24 de agosto hasta el 24 de setiembre de 1836, participando entonces en diversas acciones, hasta la batalla de Luchana, en la que dirigió parte de las operaciones como general en jefe.

Debido a sus méritos fue ascendido a teniente general, continuando en la campaña con diversa fortuna. Sufrió un sonado fracaso al no poder apoderarse de la plaza de Morella defendida por las tropas de Cabrera. El Gobierno le separó del mando de general en jefe de las provincias de Levante, siendo rehabilitado con todos los honores con posterioridad.

En marzo de 1840 es nombrado gobernador y capitán general de Filipinas. Senador electo por Navarra en 1840. Desde el primer momento promovió obras útiles como fomentar la enseñanza, dictar un reglamento para el puerto, perseguir a los malhechores, etc., pero no siempre consiguió la aprobación en el terreno político, mostrando algunos su disgusto por el rigor con que procedió Oráa en las dos represiones que hubo de efectuar.

Relevado en 1843, regresa a la Península, siendo nombrado vicepresidente de los Negocios de Ultramar, y cuatro años más tarde pasa a ocuparse del Despacho Universal de Guerra. Empeorada su salud, abandona los cargos oficiales, y regresa a su lugar de nacimiento, donde falleció.

Oráa, al que muchos observadores señalaban como poco capaz para el mando militar, adquirió gran reputación en el Norte por sus marchas rápidas y arriesgadas y su movilidad extraordinaria, siendo conocido por sus soldados como “el Abuelo” y por los carlistas como “Lobo Cano”.

Escribió una obra de justificación política y militar titulada Conducta militar y política del Teniente General D. Marcelino Oráa. Ed. Fortanet, Madrid, 1851.

En Madrid perteneció a la vieja congregación de San Fermín de los Navarros.

Bibliografía

  • Memoria Histórica de la conducta militar y política del General Oráa, Madrid, 1851
  • Marqués de San Román. Guerra Civil de 1833 a 1840 en Aragón y Valencia – Campañas del General Oráa (1837-1838). Madrid 1884
  • José María Azcona. Zumalacárregui. Estudio crítico de las fuentes históricas de su tiempo. Madrid, 1946

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septiembre 10, 2009 at 11:13 am

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Martín de Redín y Cruzat

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Retrato de Martín Cruzat

Retrato de Martín Cruzat

Martín de Redín y Cruzat (n. Pamplona, 1579 – † Malta, 1660) fue un militar y político español.

Tercer hijo de Don Carlos de Redín, señor de Redín y barón de Bigüezal,  e Isabel de Cruzat, nacido en el palacio familiar que actualmente es el nº 37 de la calle Mayor de Pamplona, dedicado a conservatorio de música. Por tanto hermano de Tiburcio de Redín y Cruzat.

Ocupó el cargo de maestre de campo en Navarra y Cataluña Durante su permanencia en Pamplona realizó las obras de construcción y fortificación de sus murallas en la zona norte próximas a la catedral, en la zona que se conoce con el nombre del “El Redín”. Fue virrey y capitán general de Galicia.

Miembro de la Orden de San Juan de Jerusalén desde joven, desmpeño los cargos de presidente de armamentos, comisario de fortificaciones, y fue nombrado gran prior de Navarra en 1641.

En 1656 Felive IV le designó virrey de Sicilia, lo que influyó en su nombramiento como gran maestre de la Orden en 1657, a pesar de la oposición del inquisidor de Malta, adecto al Partido francés, marchando a vivir a Malta..

Fra Martino de Redin

Fra Martino de Redin

58º Gran Maestre de la Soberana Orden de Malta

Dirigió la Orden desde el 17 de agosto de 1657 hasta el 6 de febrero de 1660. Luchó contra los piratas turcos, venciéndoles en Augusta; tras la firma en 1659 de la Paz de los Pirineos, estabilizó el equilibrio interno de la Orden.

A pesar de su breve mandato, durante su reinado, la isla de Malta se benefició considerablemente. Así creó un cuerpo de 4000 mosqueteros y ordenó la construcción de 13 torres de vigilancia. También acometió la fortificación de la isla, pagando a su costa los soldados que atendían los fuertes. Por su conexión con el Virreinato de Sicilia, obtuvo víveres y alimentos para alimentar a los malteses, que tenían necesidad en esa época.

Written by Albergues del Camino

septiembre 1, 2009 at 7:46 am

Publicado en Militares, Políticos